Un zumbido eléctrico sonó sobre nuestras cabezas y una pesada puerta de barrotes se abrió frente a nosotros. “Como en las películas”, pensé. Entramos a una especie de antesala y nos encontramos con otra enorme puerta metálica. La que acabábamos de cruzar se cerró de golpe detrás de nosotros. Todo parecía rutinario y dramático al mismo tiempo. Sonreí al pensar: “Encerrados por dentro y por fuera.”
Seis meses antes habíamos decidido visitar la prisión de San Quentin, hoy conocida como el Centro de Rehabilitación San Quentin, para conocer de primera mano a un equipo de béisbol compuesto completamente por personas privadas de libertad. El programa es administrado por Kuntal Bhatt, conocido como Coach Bhatt, quien hizo todo lo posible para facilitar nuestra visita y permitirnos asistir a juegos y prácticas durante varios días. Incluso consiguió autorización para que peloteros profesionales de Puerto Rico compartieran conocimientos con el equipo.
La mayoría habíamos leído sobre San Quentin antes de llegar. Durante décadas fue considerada la prisión más dura de California. También es la más antigua del estado, con orígenes que se remontan al siglo XIX. Allí estuvieron recluidos algunos de los criminales más notorios del país y, hasta hace pocos años, funcionó el corredor de la muerte de California. Toda esa historia pesaba en mi mente.
Sin embargo, cuando la segunda puerta se abrió, lo que encontramos no coincidía con nuestras expectativas. Frente a nosotros apareció un patio iluminado por el sol, rodeado de árboles florecidos, jardines cuidadosamente mantenidos y varias capillas. A un lado se encontraba el edificio que alguna vez albergó el corredor de la muerte. Pero lo que más llamó mi atención fueron los hombres vestidos de azul que caminaban libremente, conversaban, cuidaban plantas y sonreían al vernos. Eran los internos. No era la imagen que había imaginado.
Nos dirigimos hacia el edificio del hospital acompañados por dos voluntarios, Greg y Phil, encargados del equipo de béisbol. No eran guardias armados ni empleados de la prisión, sino dos personas de carácter amable y espíritu generoso que dedicaban su tiempo a apoyar el programa deportivo.
Al rodear el hospital comenzamos a descender hacia el patio inferior. Allí se encontraba el campo de béisbol. A nuestro alrededor había internos corriendo, ejercitándose, jugando baloncesto, pickleball e incluso tocando guitarras acústicas. En medio de todo aquello, el terreno de juego estaba rodeado por una cerca y observado desde torres de vigilancia por oficiales uniformados.
Nada nos separaba físicamente de los internos. Compartimos las gradas con ellos, conversamos sobre el juego, escuchamos historias de vida y aprendimos sobre la realidad de la prisión.
A un costado del estadio se encontraban modernos edificios académicos. Los internos podían asistir a clases e incluso avanzar hacia estudios universitarios. Aquella combinación de actividad deportiva, educación y convivencia hacía que el lugar se sintiera, por momentos, como una mezcla entre una prisión tradicional y un campus universitario.
La realidad carcelaria reaparecía durante las llamadas alarmas generales. Cada vez que una sonaba, todos los internos debían detenerse inmediatamente y sentarse donde estuvieran hasta recibir autorización para continuar. Podía deberse a una pelea, la entrada de una ambulancia o cualquier situación que requiriera control. Era un recordatorio constante de dónde nos encontrábamos.
Al principio pensé que nuestra visita respondía únicamente a la curiosidad. San Quentin es una institución legendaria, llena de historia y misterio. Pero mientras avanzaban los días, comencé a encontrar conexiones con la labor de la Fundación Camino al Plato.
La fundación fue creada para ofrecer oportunidades a niños y jóvenes de escasos recursos en Puerto Rico: acceso a educación, desarrollo personal y enseñanzas a través del béisbol. Y entonces surgió una pregunta difícil: ¿qué diferencia había entre muchos de esos niños y algunos de los hombres que conocíamos en San Quentin?
Muchos de ellos fueron personas que quedaron rezagadas, olvidadas por la sociedad. Algunos jamás recuperarán la libertad. Pero también quieren aprender, competir, mejorar y encontrar propósito. En cierto sentido, podrían haber sido los jóvenes a los que nunca alcanzamos a ayudar.
Durante nuestra visita, varios internos nos confesaron que no reciben cartas ni visitas. Su mundo se limita a los muros de la prisión. Compartimos conversaciones, historias personales y momentos de oración. Pero cuanto más reflexionaba, más entendía que quizás nosotros habíamos ido allí para aprender de ellos.
Con el paso de los días dejaron de ser simplemente personas a quienes entrevistábamos para una historia de PRSN. Se convirtieron en amigos.
Ya no importaba quién estaba preso y quién no. Éramos simplemente seres humanos. Algunos habían cometido errores devastadores en su juventud. Otros no. Pero todos compartíamos la misma necesidad de encontrar redención.
La rehabilitación y el castigo son parte del sistema penitenciario. La redención es otra cosa.
Al final de cada práctica y cada juego, el equipo de San Quentin se reúne en círculo para compartir reflexiones y terminar con una oración. En nuestro último día pedí que dirigiera la oración uno de los internos más respetados del ministerio de la prisión, un hombre que lleva encarcelado desde principios de los años setenta.
Cuando todos guardaron silencio, levantó la voz y dijo:
“Padre, perdónanos por intentar ganarnos aquello que ya tenemos.”
Aquellas palabras resumieron toda la experiencia.
Era un hombre que había pasado gran parte de su vida siendo castigado y que, sin embargo, parecía haber encontrado paz. No negaba su responsabilidad ni vivía consumido por el resentimiento. Entendía que su historia no podía cambiarse, pero tampoco permitía que definiera por completo quién era.
Los internos de San Quentin son juzgados todos los días por su peor error. Nosotros también fallamos, aunque de maneras distintas. Podemos esforzarnos por mejorar, pero nuestras equivocaciones siempre forman parte de nuestra historia.
En términos de béisbol, incluso un bateador de .300 fracasa más de dos veces de cada tres que se para en el plato.
Nuestra visita a San Quentin nos permitió descubrir hermanos que no sabíamos que teníamos. También renovó nuestra convicción de seguir ayudando a jóvenes a través de la educación y el deporte.
No podemos ganarnos la redención. Pero la redención puede aparecer silenciosamente, una oración, un juego de béisbol, una beca y una amistad a la vez.